El talento de Nico

Nico era un chico como cualquiera. Sabía hablar, claro. Podía decir “¿me das jugo?” o “quiero ver la tele” sin ningún problema…

Pero eso era en casa. En la escuela, las palabras no querían salir, como si jugaran a las escondidas detrás de su lengua.

La escuela no era especial ni terrible. Pero Nico sentía que tenía mala suerte: cada vez que quería hablar, pasaba algo. Juan se caía de la silla, Mariana empezaba a toser, alguien gritaba. Siempre había un ruido que llegaba primero que su voz.

Además, estaban los sonidos de todos los días: risas, pasos, sillas que chirriaban como monstruos con uñas de metal. Y Nico pensaba que, si hablaba, todos esos ruidos se darían vuelta a mirarlo. Y eso era peor que olvidar el almuerzo.

En casa, en cambio, hablaba con todo: con las plantas (“¿ya respiraron?”), con el microondas (“no explotes, por favor”) y con Toto, su perro, que roncaba tan fuerte que parecía entrenar para un campeonato.

Un lunes, la maestra anunció:

—Chicos, haremos una función especial. Cada uno mostrará una habilidad, algo que sepa hacer muy bien.

Los compañeros comenzaron a levantar la mano.

—Yo cuento chistes.

—Yo canto.

—Yo sé el nombre de todos los países… bueno, casi todos.

Cuando la maestra miró a Nico y le preguntó cuál era su habilidad, él sintió que el alma le caía hasta la suela de las zapatillas.

—Yo sé… —pensó—. Sé… eh… Cof… voy al baño, seño.

Y salió corriendo.

Esa tarde, al volver a casa, encontró a Toto en el patio, masticando algo: una rama.

—Eh, ladrón de bosques —dijo Nico—. ¿Qué traés ahí?

La rama tenía un nudo extraño, redondo, como una oreja de árbol. Nico la sopló por puro aburrimiento.

Fiiiiuuu… sonó. Pero no hizo cualquier ruidito. Hizo el sonido más interesante que una rama puede hacer. Algo entre pellizcar un globo con los dedos, y el sonido de una puerta vieja abriéndose.

Nico se quedó quieto. Volvió a soplar. Fiuuuu-plop. No estaba nada mal. No era música, exactamente. Pero era un sonido, y tampoco era fácil.

—¿Tal vez pueda ser éste mi talento? —susurró.

Durante la semana, practicó en su cuarto. Al principio, sonaba a pato resfriado. Luego a puerta quejosa.

—No está mal —dijo ya un poco más convencido.

Toto, desde la cama, lo miraba tapándose las orejas con las patas.

—Si querés opinar, aprendé piano —gruñó Nico.

La mañana de la función, Nico llevaba la rama en la mochila, envuelta en una servilleta. No era un instrumento famoso ni brillante, pero era lo que tenía. Su pequeño “sonido secreto”.

Pero en algún momento, entre el recreo y el pasillo… desapareció.

Revisó la mochila. Los bolsillos. Hasta metió la cabeza entre los abrigos en el perchero. Nada. La rama se había ido. Como si tuviera patas.

—¿Nico? —llamó la maestra.

Él subió despacio. Las manos vacías. El corazón también.

Miró al público y sintió un nudo.

—Yo… yo no tengo nada —murmuró—. No puedo contar chistes como Juan, ni cantar como Mariana… ni sé todos los países como Santi…

La maestra se acercó. Se agachó a su altura y, con voz tranquila, dijo:

—Nico, ¿sabés cuál es tu habilidad? Vos escuchás.

Él parpadeó.

—Escuchás hasta lo que no se dice. Escuchás a Juan cuando habla rápido y se enreda, a Mariana cuando canta bajito. Escuchás los silencios. Por eso sabías que hoy también tenías algo que mostrar.

El aula quedó en silencio. Del bueno.

Entonces Juan, desde su banco, dijo:

—Es verdad… él es el único que me entiende cuando tartamudeo.

Y Mariana agregó:

—Y no se ríe cuando desafino.

Una palmadita. Otra. Pronto, todos estaban aplaudiendo. Sin risas. Sin bromas.

Nico bajó del escenario más grande que cuando subió. No tenía una habilidad extraña, pero tenía algo que nadie más llevaba: ese modo único de ser.

Desde entonces, cuando alguien necesitaba ser escuchado… ya sabían a quién llamar.

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